En el principio era Achamán, dios poderoso y eterno que se bastaba a sí mismo. Antes de él sólo había la nada y el vacío, el mar no reflejaba el cielo y la luz aún carecía de colores. Achamán también se llamaba Abora y también Alcorac. A él debían su existencia las criaturas, pues creó la tierra y el agua, el fuego y el aire, y toda la vida que en ellos cabía. Achamán habitaba las alturas y a veces demoraba en las cumbres de las montañas para regocijarse contemplando lo que ante su mirada se avivaba.
Un día se detuvo Achamán en la cima de Echeyde. Desde allí su obra le pareció más bella y perfecta, como si la descubriese por vez primera, y pensó que debía compartida. Entonces decidió hacer a los seres humanos para que también ellos admirasen lo creado, para que de ello hicieran uso y para que lo conservaran en la suma del tiempo.
Fue así como Achamán mezcló tierra y agua hasta formar una abundante masa de barro de la que sacó cierto número de hombres y mujeres. Entregándoles luego todo el ganado necesario para su sustento, los puso en el mundo para que lo vivieran. Pronto los hombres y mujeres conocieron los atributos de su creador y por esos nombres le invocaban. Achamán era Achxuraxan, El Gran Señor, y Achaxucanac, El Sublime, y Achicanac,El Excelso, y Achahurahan, El Grande, que todas esas cualidades mostraba y aún otras con las que revelaba su poderío.
Cuando hombres y mujeres aprendieron que al día sucede la noche y que las estaciones siempre retornan, Achamán tomó la determinación de criar más gente. Y lo hizo. Mas a los recién creados no les entregó ganado para su sustento, pues todo lo había dado ya a los primeros. Y como la nueva gente se lo demandase, Achamán les dijo:
- "Servid a los otros y ellos os darán de comer." De aquí se derivaron todos los villanos que servían a los nobles.
Textos extraidos de Ritos y Leyendas de Sabas Martín